En algún punto en la historia del comercio y las relaciones humanas surgieron los denominados intermediarios, muchos de ellos, ante la necesidad de agilizar negocios o transacciones, acceder a productos o servicios de manera más eficiente y en la mayoría de casos a mediar entre dos partes que, al no conocerse entre sí, no confiaban el uno en el otro.  En el transcurso del tiempo, esa necesidad de confiar en un tercero para acceder a productos, servicios y transacciones se volvió algo esencial dentro de cualquier economía, país y relación de negocios. Todo parecía funcionar con cierta “normalidad”, hasta que muchos de los intermediarios se dieron cuenta del poder que generaba obtener la confianza de dos partes que no se conocían entre sí, y lo extremadamente lucrativo que podía llegar a ser.

Fue esa sed de poder y afán de lucro los que llevaron a la gran mayoría de intermediarios a abandonar su rol de mediadores para convertirse en los “controladores” y “directores”, lo cual les otorgaba la facultad de decidir ellos mismos las reglas, los costos, los beneficiarios y todo el funcionamiento del sistema de intermediación. Todo esto condujo a que se socavara el principal activo de cualquier sociedad y cualquier relación: la confianza.

Para nadie es una novedad que la confianza ha sido usada durante siglos por parte de élites y grupos de poder para crear monopolios financieros y empresariales que han abusado de todo el mundo, a través de la manipulación de países, mercados  y de la  misma sociedad, terminando todos presos y a merced de un sistema controlado y manipulado por todo tipo de intermediarios que ya no generan valor y mucho menos confianza.

Nuevas investigaciones y teorías económicas han resaltado el rol esencial de la confianza en la economía y la sociedad. Rachel Botsman, escritora y docente de la Universidad de Oxford (2012) y tal vez, la principal experta mundial en economía colaborativa y confianza afirma: “En el siglo XXI las nuevas redes de confianza y el capital de reputación que generan, reinventarán la manera en que pensamos de la riqueza, mercados, poder e identidad personal en formas que ni siquiera podemos imaginar”.

Es un hecho irrefutable que, dentro de los grandes intermediarios y monopolios del mundo, se destacan la banca y las élites empresariales, quienes con su enorme poder económico han acaparado el apoyo de gobiernos y políticos que han olvidado el  bienestar de los ciudadanos y se han arrodillado a los intereses de unos pocos. Por todo lo anterior, dichos intermediarios han fallado por completo en el cumplimiento de su rol como “mediadores” de valor, lo cual ha llevado a la pérdida generalizada de confianza por parte de las mayorías y esto a su vez ha generado la crisis que llevó a Satoshi Nakamoto a crear el Bitcoin y la tecnología Blockchain.

En este sentido, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitiz (2012), en su libro El precio de la desigualdad, afirma de manera contundente: “La política ha condicionado el mercado, y lo ha condicionado de forma que favorezca a los de arriba a expensas de los demás” y, además, agrega “tenemos un sistema que ha estado trabajando horas extra a fin de trasladar el dinero desde los niveles inferiores y medios hasta el nivel más alto. En realidad, estamos pagando un elevado precio por nuestra creciente y desmesurada desigualdad”.

Por estas y muchas otras razones, no es de extrañar que sean los gobiernos y la banca quienes se conviertan en los principales enemigos de Blockchain y las criptomonedas. Lo cual, es consecuencia natural de no querer perder el control e influencia que han ejercido a lo largo de la historia. Tal como lo afirma nuevamente la experta mundial en economía colaborativa Rachel Botsman (2014), “La tecnología ha ido siempre por delante de la ley, ya lo sabemos. Y en la evolución natural de cualquier tendencia, llega el momento en que choca con el poder establecido, cuya primera reacción es atacar lo nuevo, por miedo a perder influencia y control” y, además de esto, agrega: “vivimos una transición desde unas instituciones centralizadas, jerarquizadas y controladas por unos pocos hacia unas nuevas instituciones: las comunidades conectadas, distribuidas y controladas por muchos. Este es un cambio económico profundo que está democratizando el acceso a la producción, el consumo, la educación y las finanzas, que son los cuatro pilares de la economía colaborativa”.

Es por todo lo anterior que la confianza es y será por siempre el eje sobre el cual se fundamenta la sociedad, la economía, las relaciones en general. Y es precisamente debido a esto que surge el Bitcoin y la tecnología Blockchain como los nuevos mediadores de valor cuya neutralidad y transparencia les impide controlar, manipular y parasitar a una sociedad que hoy más que nunca exige un cambio. Se avecina un futuro muy prometedor para todos, ¡qué gran momento de la historia para estar vivos!

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